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01
Abr

Tal día como hoy

Hace 69 años clavados, un tal Paco anunciaba por la radio que el ejército legítimo de España había sido vencido (”cautivo y desarmado”), para regocijo de muchos, que veían cómo la libertad se apoderaba de su país, y decidieron ponerse manos a la obra para que, efectivamente, África siguiera comenzando en los Pirineos.

Hoy muchos siguen celebrando esta efeméride, frontera entre una Guerra fraticida y monstruosa y una dictadura totalitaria y liberticida (me encanta cuando los ultraderechistas ofendidos usan esos dos adjetivos para describir el gobierno de Zapatero) que no crean ustedes que le tuvo mucho que envidiar a la primera.

Lo que más me impresiona, dejada atrás esa época de extraordinaria placidez, es que a día de hoy una de las instituciones que más se aprovechó de la situación, la Iglesia Católica, y, sobre todo, sus acólitos, sigan viendo a España como su país, y pretendan atacar la normalidad democrática blandiendo, de forma ora intencionadamente incorrecta, ora asombrosamente estúpida, lo que ellos llaman el derecho a la libertad religiosa.

La libertad religiosa es sencillamente equivalente a la libertad de opinión: “Usted tiene derecho a formarse una opinión, a defenderla, a que nadie le ataque por ella, y a no expresarla si así lo desea”. Los puntos uno, dos y cuatro están bien claros para cualquier persona que viva actualmente en una democracia (auténtica, no de las de rebajas); el problema lo plantea el tercero de ellos o, más bien, la capacidad que tienen muchos para interpretar dicho aspecto de este derecho como les venga en gana.

Ante todo, lo que quisiera dejar claro es que las personas y las ideas son dos entidades aparte. Atacar una idea no es atacar una persona, y viceversa. Demasiado a menudo se tiende a identificar la una con la otra (como ocurre también con la idea y el símbolo… Da la impresión de que la idea tiene demasiados amigos peligrosos): es aquí donde la mayoría de la gente que no entiende su derecho a la libertad religiosa pasa apuros. Que yo ataque, me mofe, tilde de ridículas o de barbaridades las ideas de otra persona no debería relacionarse con la impresión que yo tenga de ella. En otras palabras: que me parezca una patochada que un hombre de 33 años muera y resucite al tercer día, amén de ser hijo de un dios, no debería decir nada de las personas que creen en ello firmemente (más allá de poder pensar yo que son unos crédulos, unos inocentes, o unos manipulados, pero esto se demostraría a posteriori, en caso de den muestras de ello).

Precisamente por lo mencionado en el apartado anterior, muchos católicos me han censurado en numerosas ocasiones por realizar tal o cual crítica a su sistema de creencias o valores. En estos casos siempre me gusta mostrarme servicial a Godwin y preguntar a mis interlocutores si les parece correcto entonces que respetásemos todos los postulados del nazismo, ya que para sus seguidores eran ideas con tanta fuerza como la creencia de los católicos en su dios. Lo mismo se podría aplicar a los políticos que, constantemente, repiten la frase “respeto sus ideas pero no las comparto”. ¿Qué quieren decir con “respeto sus ideas”? Si la idea consiste en ayudar al prójimo, puedo entender el respeto; sin embargo, quisiera ver yo esa misma demostración de corrección política ante pensamientos como “bombardear un centro comercial es una buena forma de conseguir la independencia territorial”.

Muchos podrán alegar que mientras se mantenga presente el respeto a la vida y a otros aspectos del juego en común (o juego democrático, pero no quiero restringir la partida a la democracia), se pueden respetar las ideas ajenas, pero que en el momento en que no se den estas condiciones, dicho respeto ya no es obligatorio. Pero, entonces, ¿quién decide dónde debemos establecer la frontera entre lo respetable y lo que no lo es? ¿Por un consenso unánime y absoluto, tanto como imposible de alcanzar? ¿Por la opinión de la mayoría, que tan ventajosa fue (de nuevo) en la Alemania de los años 30 y 40?

Bajo mi perspectiva, todas las ideas han de ser atacables (y atacadas). Si, en realidad, una persona puede ofenderse porque otra se ría de un ser místico que curaba enfermedades hace 2000 años y que se dejó matar por los romanos, quizá esa persona no esté lo suficientemente convencida de sus creencias y lo manifieste en forma de inseguridad (mediante ese hipócrita “quíteme usted por favor esa tentación, no vaya a caer en ella” o el “no se meta en mis asuntos y váyase con su razón a otra parte”).

Efectivamente, que las ideas puedan ser atacables implica inmediatamente que también deben ser defendibles (y defendidas). Si uno no es capaz de entender qué le impulsa a creer, suponer o pensar algo, lo que sea, quizá debiera plantearse por qué lo cree, supone o piensa en primer lugar. Me surgen un par de incógnitas a partir de la reflexión anterior: ¿por qué nadie apoyaría una idea sin tener argumentos para defenderla? ¿Cómo se justifica uno a sí mismo una creencia para la que no tiene un motivo, más allá de la propia existencia de ésta?

Y he aquí donde la mayoría de los ofendidos por las legítimas expresiones de opinión que realizamos los demás, atacando sus ideas, suspenden el examen. Los demás tenemos derecho e inclinación a la duda y, por tanto, aceptamos que nuestros postulados internos sean cuestionados; ¿por qué ellos no?

Otro aspecto importante, este ya más centrado en el comportamiento de los estamentos eclesiásticos católicos en España, es su necesidad de alterar la normalidad democrática y la puesta en marcha de ideas y leyes novedosas y progresistas, por el mero hecho de que contradicen sus principios. De lo que estos señores deberían darse cuenta es de que sus preceptos sólo deben cumplirlos ellos, los demás estamos automáticamente exentos de ser subyugados en el momento en que no los aceptamos. Este es otro ejemplo de una interpretación ventajosa (para ellos, claro) de la libertad religiosa: “Si acepta conceder derechos que van en contra de nuestras prohibiciones, es usted un liberticida”. Creo que no necesito decir nada más al respecto; el que no reconozca la enorme contradicción en el comportamiento que resume la frase anterior debería de haber dejado de leer hace varios párrafos.

Para terminar, mentar un par de ejemplos que se han dado en los últimos años en este país, como son la ley del divorcio y la del matrimonio homosexual (me vais a tener que disculpar que hable tanto de los gais, pero son uno de los colectivos mayoritarios que sufren más discriminación, junto con las mujeres, en este país). ¿El problema que tiene la Iglesia Católica con ambas leyes es el miedo de que sus seguidores puedan aprovecharse de las ventajas que éstas ofrecen? ¿O es que, como a ellos les parece inmoral, los que no compartimos su forma de ver las cosas deberíamos claudicar y tragárnosla igualmente? En el primero de los casos, se estaría demostrando una flaqueza ideológica devastadora (por parte de los creyentes, que creen lo que les conviene, y por la de los prelados, que no se fían de su rebaño); el segundo sería un ejemplo puro y duro de totalitarismo.

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