23
Jun
La religión y la lógica
Como cualquiera, a menudo me encuentro con personas que defienden sus ideas religiosas como legítimas, y a la vez pretenden alardear de sentido común y pensamiento racional, conceptos que, de tocarse, lo harían como dos extremos de la misma vara.
A la hora de enfrentarme con gente que no teme discutir calmadamente sobre el binomio religión-lógica, hay tres comportamientos que me intranquilizan sobremanera, a saber:
- La capacidad para parchear los razonamientos al vuelo, o admitir premisas de contraejemplo ridículas.
- El ímpetu por creer necesariamente en hechos documentados, sin poder aportar más pruebas que testimonios.
- La falta de visión al considerar como adecuada una visión completa sin darse cuenta de que, de alguna forma, ha sido impuesta previamente durante la educación.
A continuación, me gustaría comentar un poco más cada una de ellas.
1. Las premisas ridículas (o el cuento del Ratoncito Pérez).
Escribió una autora, cuyo nombre no recuerdo, un cuento muy curioso sobre el Ratoncito Pérez. En él, una niña que conocía el secreto tras el roedor acumulador de dientes, intentaba explicar a su hermana pequeña que, en realidad, su creencia en él no estaba fundamentada. Esta última, sin embargo, no aceptaba la argumentación, parcheando una y otra vez el razonamiento que le llevaba a creer en el ratón. Esta es una discusión constante con la gente de fe, que, por una parte, solicita por parte de los demás pruebas de que aquello en lo que cree no existe y, por otra, no aporta ningún hecho, ni punto de partida siquiera, para transmitir su idea. Podemos poner como ejemplo una conversación típica:
- Creo en un dios omnipotente y omnipresente.
- ¿Por qué no está aquí?
- No quiere aparecer.
- ¿Por qué nadie lo conoce?
- Los que creemos, lo conocemos.
- ¿Qué hace por nosotros?
- Creó el mundo.
Lo que vemos son una serie de hechos universales: no explican nada, pero al argumentador le sirven para justificarse. Llevado al extremo, la hilaridad está casi garantizada (una vez alguien me pidió que demostrase la inexistencia de su dios; al verme lógicamente incapaz, le pregunté si no poder demostrar la existencia de osos polares de color naranja garantizaba automáticamente su existencia, y si él creía en ellos, para lo que su respuesta fue “puede ser perfectamente, tú no lo sabes”. En otra ocasión, una persona distinta, motivada por mi afán de negar la omnipotencia de un ser que no remata a su enemigo eterno, acabó preguntándome cómo sabía yo que no tenía lugar una lucha constante entre el Bien y el Mal que escapaba a nuestra percepción). El contraejemplo que más típicamente utilizo en este tipo de discusiones es el juego de hacer demostrar a mi oponente que yo no soy un dios, utilizando el mismo hilo argumentativo escurridizo que él mismo blande como arma.
La mejor pregunta que uno se puede hacer en estos casos es “si hay un dragón en la sala, pero no puedo verlo, ni oírlo, ni sentirlo, ni su fuego quema, ¿cuál es la diferencia entre que haya un dragón o no?”. En este caso, tampoco conviene negar la existencia de dicho dragón (puesto que no tenemos pruebas… y en ningún caso podríamos llegar a tenerlas), pero salta a la vista que afirmar su existencia no tiene sentido alguno, al menos tras lo observado. En el caso de que en algún momento pudiéramos experimentarla, seríamos capaces de modificar nuestra conclusión, a la luz de los nuevos datos.
Es precisamente por esto que temo mucho más a las personas propulsoras de la ciencia y a la vez religiosas: no alcanzo a entender cómo se puede pretender aplicar la lógica y el sentido común en un campo de nuestra vida, y hacerles caso omiso en otro.
2. Los hechos documentados (hace 1500 años).
También en mi cruzada particular me he topado con gente que no tiene reparo alguno en creer a pies juntillas lo que figura en un libro, autodenominado sagrado, a pesar de que los hechos relatados sean inconcebibles a día de hoy. Es este tipo de pensamiento el que invita a uno a asaltar el vagón de “es un milagro” cada vez que sucede algo sin explicación.
Me inquieta que exista un grupo tan amplio de personas con una alta tendencia a creer ciegamente, a buscar una explicación —la que sea—, y a no resignarse a admitir que no saben. No saber es sano, es natural en los seres cognoscitivos (para saber primero hay que no saber), y es un necesario ejercicio de humildad. Aplicar nuestros conocimientos a lo que podemos explicar, y arrojar lo demás a una especie de cajón de sastre (”así lo quieren los dioses”) no ayuda a conocer más, todo lo contrario: delega nuestras funciones inquisitivas en una especie de sello de goma con patrón invariable.
¿Por qué si carezco de información para probar algo he de rebuscar en el zurrón de mis prejuicios, hasta encontrar una lente con la que mis ojos estén más relajados y mi mente más satisfecha (a la par que estúpida)?
3. Creo lo que creo.
Toda persona que posee un conjunto de creencias religiosas admite la combinación de éstas como la única y posible, sin darse cuenta de que cuadra con la de muchas personas de su alrededor, y difiere con la de, al menos, otras tantas.
Me gustaría explicar este caso con un ejemplo. Imaginemos que yo creo que cuando llueve es porque el Dios de la Lluvia está demostrando su poder; por contra, cuando hace buen tiempo, este está causado por el Dios del Sol. ¿Qué me lleva a creer que, concretamente, existen esos dos dioses con sus respectivas capacidades? Otro individuo se acerca a mí, y me explica que mis dioses no existen, que no hay dos sino cuatro, y que se corresponden con cada una de las estaciones a lo largo del año. ¿Cuál de las dos interpretaciones es cierta? ¿Por qué yo, y mucha otra gente, teníamos fe en la existencia de los dioses de la Lluvia y el Sol, y otros, sin embargo, creen en otros?
Es evidente que ni unos ni otros hemos llegado a estas conclusiones a base de experiencia, introspección o meditación, sino que los hemos adquirido (de la misma forma que se nos quedarían restos de polen en la ropa de ir corriendo por un campo de flores). Si vemos cada una de las posibilidades que existen como un lanzamiento de dados (número de dioses: un dado numerado de muchas caras; tipo de dios 1: un dado con nombres de infinitas caras, etc.), ¿no sería demasiada casualidad que aquello en que yo confío ciegamente y sin ningún tipo de sustento lógico fuera lo que es, lo que realmente sucede?
Cuando pienso en esto último, me gusta recordar las palabras de una amiga mía, que me comentó un día que el monoteísmo es el progreso del politeísmo, que si se diera suficiente tiempo a las civilizaciones con religión politeísta para evolucionar, acabarían creyendo en una sola divinidad. Personalmente, me parece más creíble tener varias deidades, cada una experta en su campo, que interaccionan entre ellas y carecen de poder ilimitado, que una sola que lo puede todo y lo sabe todo (con la falta de motivación que ello implica: basta imaginar el aburrimiento de uno, una vez despejadas la intriga y el esfuerzo de la incógnita… por no hablar del estado del mundo; no me gustaría que el sufrimiento, la guerra, el hambre y el fratricidio rampante en el planeta que habitamos llevase mi firma).
Si en lo que vamos a basar nuestra interpretación del mundo es en libros y en una especie de conciencia colectiva arbitrarios, por muy perfecta que tengamos estructurada la vivienda, la habremos cimentado con palillos de madera.