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La familia en peligro

Martes, 9 de Junio de 2009 alx5000 Dejar un comentario Ir a comentarios

Prefacio: Hace algún tiempo ya opiné, aunque fuera marginalmente, sobre uno de los subtemas que me gustaría tratar hoy. El artículo al que me refiero se puede leer aquí, y trataba sobre la incompatibilidad que algunos reclaman entre lo natural y la homosexualidad.

Pero en esta ocasión quisiera ampliar el ámbito de mi queja. Por motivos que no vienen al caso, últimamente me he visto expuesto en primera fila a opiniones que, a pesar de que ya supiera de su existencia, nunca había visto en boca de gente a la que tuviera en estima y de cuya inteligencia y carencia de intereses manipuladores no me cupiera duda. En las siguientes líneas no pretendo ni mucho menos plasmar en palabras mi concepto de lo que es la familia; mi objetivo, como la mayoría de las veces, es difuminar las rígidas líneas que trazan nuestros prejuicios para intentar que cualquier conclusión que alcancemos no nos vengan dados como una serie de preceptos de dudoso origen. Me limitaré, por tanto, a presentar una serie de contraargumentos opuestos a las afirmaciones categóricas sobre los peligros que acechan a la familia tradicional y su supuesto declive.

La familia no está protegida

Una de los argumentos que más se utilizan en contra de los gobiernos liberales (en lo referente a lo social, no a lo financiero-económico) es que atacan pasivamente a la familia tradicional desde su abandono o su no promoción. Me resultaría interesantísimo que alguien me explicase en qué campos se está dejando de lado a la familia o se la está dejando de promocionar.

El ejecutivo (pseudo-)socialista que gobierna en España ha aprobado en los últimos cinco años una serie de medidas que, lejos de contar con mi completa aprobación, chocan frontalmente con la idea de abandono de la familia tradicional. La primera y más evidente (y populista) de ellas es la subvención de 2.500€ para los hijos nacidos de 2007 en adelante. El que suscribe bien piensa que ese dinero estaría mejor en las arcas del Estado, invertido en guarderías y maestros, o en ayudas (directas o indirectas) a los más necesitados, pero tampoco deja de conocer a mucha gente para la que la aprobación de esta medida ha supuesto el empujón definitivo para tener un hijo. ¿No implica fomentar la natalidad un impulso a la familia tradicional?

Si miramos, por otra parte, el presupuesto del Ministerio de Educación (del que dependen, entre otras muchas cosas, las becas para alumnos) vemos que los gobiernos socialistas son los que más han invertido en nuestros hijos. En 2002 (II Aznarato), el presupuesto para este ministerio aumentó un 9%, menos incluso que en 2000 (10,6%) y 2001 (9’43%). En concreto, el capítulo de becas contempló un aumento del 8%, menor que la media global del Ministerio. En 2006, en el ecuador del primer gobierno ZP, este mismo ministerio aumentó su presupuesto en un 17’9% respecto al año anterior; siendo este aumento del 18’1% en lo referente a becas. Por tanto, tampoco creo que se pueda reclamar la indefensión de la familia en este frente.

¿Se han anulado las ayudas a las familias numerosas? ¿No se ha aprobado una Ley de Dependencia que ayude a que los hijos les dediquen más tiempo a sus mayores sin convertir en algo incompatible con su vida laboral? ¿Dónde se manifiesta esa supuesta indefensión de la familia?

La familia es atacada

Son muchos y diversos los frentes en los que los (porque todavía me gustaría ver un caso fuera de ese grupo) ultracatólicos se quejan de que la familia está siendo atacada. Principalmente, se refieren a las leyes que regulan los derechos al aborto, divorcio y matrimonio homosexual, cuando no el laicismo beligerante (espero ansioso a que alguien me explique, sin beligerancias, de dónde proviene este concepto, pues los que llaman asesinos, maricones o inmorales a otros son los que lo hacen, precisamente, a partir de sus dogmas religiosos). Iré tratando cada uno de estos temas a continuación.

Ya se hizo mucho ruido en 1981 (los últimos de Europa, cómo no) cuando se reguló el derecho al divorcio en España, y la sociedad no sólo se ha recuperado de esa supuesta conmoción, sino que me gustaría encontrarme con alguien que me explicase, alto y claro, cómo en 1981 vivíamos mejor que ahora, tras 28 años con el divorcio reconocido como un derecho legal, incluso con una crisis como la que padecemos a cuestas. Reclamar que el divorcio supone un ataque a la familia suele plantearse desde la óptica generalista de que, cuando a uno se le concede un derecho, se va a dedicar a abusar de él con toda la alegría del mundo.

El divorcio supone, por tanto, otorgar la libertad a una persona para separarse de su pareja; algo que puede parecer evidente desde nuestra perspectiva actual (¿por qué nadie, y menos el estado, tiene que decirme a mí con quién quiero estar?) pero que no lo era tanto hace 30 años, ni lo es tampoco en este momento para mucha gente. ¿Qué ocurría cuando uno no se podía divorciar? Tenía que vivir el resto de los días con la persona con la que había contraído matrimonio, ya fuera completamente feliz o un desgraciado. ¿Defienden los detractores del divorcio esta obligación? ¿Tienen miedo de no ser capaces de autoimponérsela, cediendo así a la tentación, y violar algún precepto divino? Si el único motivo para renegar del divorcio es que hay una mayoría que lo vaya a hacer, eso no quita para nada el hecho de que esa gente ya quería divorciarse primero, pero no podía o ese concepto no existía.

Algunos argüirán que otorgar un derecho como este fomenta que la gente no piense en lo que hace, que simplemente lo haga. Esto demuestra una condescendencia tremenda hacia la mayoría de la población, que se concibe como un masa borreguil incapaz de razonar y considerar las opciones tan bien como lo harían esos algunos. Por otra parte, el hecho de que la gente vote sin pensar, sólo llevada por motivos irracionales (como los que se manifiestan al apoyar a los equipos de fútbol, que es lo que son, básicamente, PP y PSOE ahora), que es algo bastante más generalizado que el divorcio, ¿justifica que anulemos la capacidad de expresión de opinión de cada uno de nosotros mediante comicios o que pongamos requisitos como estar informado o haber sido obligado a reflexionar sobre lo que se va a votar? Y, a mi juicio (llámenme loco), el destino de una nación está muy por encima del de una sola familia.

En cuanto al aborto, desde la lógica provida se defiende que un ser humano lo es desde el momento de ser concebido (esto es, la fecundación), y que por ello tiene derecho a vivir. El abanico de argumentos que se presenta abarca desde lo férreamente ético (es una persona, ergo no hay que matarla) hasta lo puramente metafísico (tiene un alma, una esencia, que se debe preservar), pasando por lo teológico (la vida pertenece a un dios, matar es un pecado, etc.). Los argumentos de tipo… abstracto, por así llamarlos, no me merecen la más mínima consideración (si el alma es inmortal, es imposible matarla; ni mi cuerpo ni mi mente ni mi vida pertenecen a ningún dios, estoy seguro), ni creo que debieran tener cabida en lo que, en definitiva, es un debate en el que queremos dilucidar si lo que existe dentro del vientre de una mujer es un ser humano de plenos derechos, y a partir de qué momento lo es.

Las legislaciones vigentes en países desarrollados (nadie entienda que quiero equiparar desarrollado a mejor, pero sí que conviene analizar caso por caso sin quedarse en etiquetas) consideran el aborto un derecho que se puede ejercer libremente hasta un número de semanas dentro del embarazo variantes, pero que suelen situarse entre las diez y las dieciséis. En la mayoría de los casos, la legalización de este derecho ha supuesto una disminución del número de mujeres que viajaban al extranjero a realizarlo (como es el caso de Francia, en el que el número de abortos aumentó tras la despenalización en 1975, porque ya no había que huir a Reino Unido para llevar a cabo la interrupción, pero que en los últimos 20 años ha guardado una relación equitativa con el número de nacimientos, aparte de erradicar el problema de las interrupciones clandestinas) o una disminución, directamente, del número de embarazos interrumpidos (como en Estados Unidos).

¿De verdad alguien cree que una mujer puede someterse a un procedimiento tan psicológica y físicamente agotador como es un aborto provocado por deporte? Y con esto no quiero decir que el aborto sea la panacea de los embarazos no deseados, ni mucho menos: siempre debería considerarse como el último freno de emergencia, ya que hay otras muchas capas delante de él (prevención mediante preservativos y otros anticonceptivos, píldora del día después, etc.) que permiten que no haya que llegar a tener que tomar esa decisión. Evidentemente, la educación sexual responsable tiene ser potenciada, porque está demostrado que es la vía más eficaz para combatir este problema (pero lo uno no quita lo otro: se puede conceder un derecho y educar sobre cómo ejercerlo con cabeza, no son, para nada, conceptos excluyentes). Y, sobre todo, debería ser en los hogares (los niños escuchan más a los padres que a los profesores, aunque llegue pronto una edad en que no escuchan a nadie) donde se diese. Para mí, lo ideal sería que la idea del condón fuese tan popular y cotidiana como la de la aspirina, de forma que su uso se desmitificase, y lo que se convirtiera en la excepción fuera no utilizarlo.

De cualquier manera, no creo que tener un hijo que no haya sido concebido del amor y de las ganas de tenerlo, sino de un accidente o de una desinformación, pueda ser uno de los incentivos para defender a la familia, porque no creo que ésta deba ser una imposición, sino una decisión. Dar un bebé en adopción también puede ser una opción para evitar interrumpir el embarazo, pero también podríamos pensar que hay orfanatos y centros de adopción con niños que no viven felices ni en familia y que ya están en este mundo, y a los que, indirectamente, estaríamos privándoles de una oportunidad (esto también podría decirse que es aplicable a tener un hijo en general, en lugar de adoptar, porque sí que es cierto que muchas personas adoptan pensando en esto mismo en lugar de procrear; sin embargo, yo sólo estoy tratando la perspectiva de una mujer que se ha quedado embarazada y que no desea traer ese niño al mundo).

Y llegamos a una de mis falacias favoritas: la de lo natural. Cuántas veces me he topado con individuos que recurran a lo normal o lo natural cuando quieren objetar contra el matrimonio homosexual o la posibilidad de que una pareja del mismo sexo adopte a un niño. Suponiendo que no existieran objeciones a que dos personas de igual sexo contrajeran matrimonio, aparecen los hipotéticos problemas de cómo criarán a un niño.

La primera razón que se blande en contra es la de que, a pesar de que está muy bien que dos hombres o dos mujeres se quieran y se casen y eso, que un niño no tenga un padre y una madre no es lo normal. Lo normal es que una mujer no vote (en España obtuvo brevemente ese derecho en 1931, pero no lo recuperó hasta 1977, tras perderlo durante la plácida dictadura). Lo normal es que los judíos se casen con judíos. Lo normal es que los negros trabajen para los blancos (sin cobrar y sin vacaciones, claro está). Lo normal es un concepto que no tiene sentido, porque lo único que indica es una carga emocional tremenda sobre nuestros prejuicios. Podemos estar de acuerdo en que algo es o no normal, pero eso dependerá de quiénes seamos (lo normal varía con el tiempo y la cultura) y, además, no proporcionará ayuda alguna para discernir si algo es bueno o no (ejemplos como la esclavitud, algo normal durante muchos siglos y que no fue abolida hasta el s. XIX en la mayor parte del mundo, parecen bastante determinantes). De la misma forma, se podría decir “¡No, hombre, no, no me digas qué era lo normal hace 200 años, sino lo que lo es ahora!”, pero eso tampoco quiere decir que lo normal de ahora sea inherentemente bueno (sí probablemente mejor que lo de hace 200 años, pero, ¿no implica eso que quizá sea peor que lo de dentro de otros dos siglos?). Por todo esto, lo normal no me vale como argumento de lo que tiene que ser.

El siguiente argumento es de la falacia de lo natural. De nuevo, se deja caer que algo es natural para defender que es bueno. Como un hijo nace de un óvulo (mujer) y un espermatozoide (hombre), el hecho de que dos personas del mismo sexo no se puedan reproducir indica que no deben tener hijos. Esta objeción se cae por su propio peso, porque sería presuponer que un hombre cuya mujer muere durante el parto no es apto para criar a un hijo. O que una mujer que quiera hacerlo no debería tener un bebé en solitario, porque no es natural que lo tenga.

Hay avances en medicina científica que han descubierto cómo conseguir transformar médula ósea de mujer en esperma. Esto quiere decir que dos mujeres podrían, en un futuro no muy lejano, concebir sin la intervención de un hombre. ¿Estarían pues, según el punto de vista de lo natural capacitadas para criarlo, como lo está una madre que tiene un hijo mediante fecundación in vitro u otro tratamiento de fertilidad?

¿Es necesario el rol de un padre y una madre? Al asignar roles a los sexos, lo único que estamos haciendo es perpetuar estereotipos. Me gustaría que alguien me escribiera qué aporta una madre a la edudación que no aporte un padre, y por qué (y viceversa). Esa concepción de que la mujer tiene un papel y el hombre otro, ya sea a nivel de familia o a cualquier otro en la sociedad, se da de bruces contra la política de igualdad de individuos con independencia de su sexo, religión o condición social. Además, no hay pruebas que indiquen que los hijos de familias monoparentales tengan más problemas que los que crecen con sus dos padres; las únicas relaciones que se encuentran a este respecto tienen que ver con la educación, la renta y la edad del padre o madre, o con el entorno social de la familia, condiciones que influyen de la misma manera en familias biparentales*. ¿Cuál es entonces la objeción de que dos hombres o dos mujeres críen a un niño? ¿Parecería peor idea Padres forzosos si los tres hombres que crían a las niñas hubieran sido gais?

Otro de los motivos por los que se cree que los gais no deben tener** hijos es por el miedo irrefrenable a que las pobres criaturas, al crecer en un entorno homosexual (sea lo que sea lo que quiere decir esto) se vuelvan a su vez homosexuales. Por esta regla de tres, los hijos criados en un entorno heterosexual deberían ser heterosexuales, ¿no? Y, sin embargo, vemos cómo de familias que crían a sus hijos de forma tradicional, crecen adultos que son homosexuales, por lo que lo anterior no me parece que tenga mucho sentido. Es más, veo bastante más probable que unos padres homosexuales sean abiertos y tolerantes con los gustos de su hijo, sean los que sean, sólo por el hecho de que a ellos se les haya permitido disfrutar de su elección (si se le puede llamar así; yo no he elegido nunca que me gusten las mujeres, sólo me han gustado y ya) libremente. Si en algo influiría la educación podría ser en la forma de afrontar esa elección sexual, de enfrentarse a ella, de plantearse qué prefiere uno y aceptarlo como algo natural (hay numerosos ejemplos de homosexuales encubiertos que se dedican a perseguir a los que no necesitan esconderse, porque creen que lo suyo es algo malo y a erradicar. Si hace falta, proveo de ejemplos).

Y, aun así, ¿tan malo sería que los hijos de homosexuales fueran homosexuales? Sería igual que admitir que la homosexualidad es mala, y que conviene que no prolifere (de cualquier manera, a una media de 1,46 hijos por familia, eso significa 1’46 homosexuales por cada dos que se unen y adoptan, así que seguimos reduciendo la incidencia, ¿no?).

Por último, si hay alguien que tenga miedo de que la sociedad se vaya al traste porque los homosexuales críen homosexuales y acabemos siendo todos gais (que también hay que tener una paranoia y una manía persecutoria asombrosas para creer que todo está lleno de los otros), que no se preocupe: siempre le quedará el consuelo de poder tener el doble de hijos, sin que nadie se oponga, y con el debido apoyo del estado para ello.

* No sé si biparental es un término correcto, pero lo uso en contraposición a monoparental. El propio DRAE no reconoce siquiera este último vocablo.
** Tener un hijo no es concebirlo; al DRAE me remito.

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