La elección
Elegir consiste en escoger una opción entre varias, supuestamente la mejor. A pesar de que no siempre escojamos lo que nos gusta o lo que les gusta a otros, la esencia de la idoneidad de la elección nunca desaparece del horizonte. En igualdad de condiciones, probablemente nos dejemos llevar por lo sentimental (o por el azar, sobre el que también se deposita la carga emocional del ‘destino’), pero si tratamos de decidir entre dos opciones (al fin y al cabo, una decisión con varias posibilidades siempre se puede plantear como una eliminatoria uno contra uno) que adolecen de los mismos defectos, obviamente nos inclinaremos hacia la que los manifieste con menos intensidad.
Hasta aquí, claro, ¿no? Una vez hecha la introducción metafísica, vamos a aplicarlo a mi campo de batalla favorito: la política.
Ya lo he dicho muchas veces: en este país, la gran mayoría que apoya a un partido político lo hace como un hincha de un equipo de fútbol. Somos capaces de perdonarles a los nuestros las mayores infidelidades, pero, ¡ay!, como pillemos al de enfrente en la más piadosa de las mentiras…
Este efecto se da sobremanera en los seguidores de la derecha; la izquierda suele ser más selecta y menos connivente con los partidos que la representan, aunque está claro que hay un gran quesito de la población que apoyaría, por ejemplo, al PSOE aunque se comportase de la forma en que le reprochan a los representantes del PP que lo hagan, en un alarde de infantilidad del tipo “si ellos pueden, ¿por qué yo no?”, esquivando cualquier tipo de autocrítica en el proceso y demostrando que no se trata de una aflicción endémica de la derecha. Sin embargo, los últimos comicios europeos han demostrado que los núcleos populares de corrupción (a saber, Madrid y Valencia, entre Gürteles, espionajes y Fabras) no decepcionan a su partido independientemente de las circunstancias. Es más, parece que apoyasen su forma de actuar, hasta el punto que el sinvergüenza de las gafas de sol ha sido capaz de regalar frases como “La gente es muy lista y no le preocupa si Camps o yo somos culpables”.
Que a la gente no le preocupe que estos señores se estén forrando (manejando influencias y el dinero de todos, indistintamente) a base de explotar su irracionalidad manifestada en voto es preocupante. Que, encima, Carlos Fabra se burle de todos ellos, y de los demás, diciendo, con otras palabras, lo que Pedro Castro ya comentó en su día (“¿Por qué hay tanto tonto de los cojones que todavía vota a la derecha?”), le ronca el aparejo. Creo que en el asunto hay una mezcla de complejo de mesías generalizado, en el sentido de que la derecha es la que ha venido a salvar la patria y la patria está por encima de todo, y una gran parte de wishful thinking: por mucho que digan los fiscales y los jueces, por muchas pruebas que haya, estos señores no son culpables, y si les votamos estamos demostrando que así es.
He visto cantidad de racionalizaciones para elegir un partido u otro, y lo curioso es que la mayoría no tiene que ver con las cualidades de aquel al que se quiere votar, sino con los defectos del de enfrente (recordemos que, como en toda buena patria, hay dos bandos de signos opuestos que corresponden cada uno a un partido político, dualidad que se ve favorecida por un sistema electoral con circunscripciones provinciales y sistema D’Hont), además de esa táctica que tanto aparece en las series de fiscales de EEUU, como es la culpabilidad por asociación. Así es más fácil identificar al enemigo.
Quiero aclarar, antes de continuar, que me apasionan las conversaciones con gente de diferentes opiniones políticas a la mía, sobre todo con votantes de derechas. Éstos, intentando convencerme de por qué votan lo que votan, se entretienen en preguntas retóricas del estilo “¿Te parece normal que Garzón cobre y no lo declare?” o “¿Crees que Chaves hace bien dándole 10 millones a la empresa de su hija?”. Es más que evidente que la respuesta a ambas es “no”, pero nadie me entra a decir qué tendrá que ver Garzón en todo esto, o por qué que un presidente autonómico que (supuestamente, ya que ha pedido esta mañana fecha para aclararlo todo… con Emborronil 100ml intravenoso de ese que usan los políticos, auguro) mete mano a la caja lava automáticamente la imagen de los propios, por corruptos que parezcan, sean o presuman de ser.
Esta discusión, si bien con distintos protagonistas políticos, la mantengo a menudo con un familiar cercano, incondicional como es a su partido, no vayan a entrar los otros. Por más que uno intente explicarle que si no se ejerce el voto de castigo, si no se expresan los desacuerdos, si uno vive con el miedo eterno a que los otros gobiernen, el concepto de los propios se difumina, porque ya no lo estamos definiendo como lo que apoyamos, sino como la parte que puede desbancar a nuestros enemigos. Y eso es algo tremendamente peligroso, porque tendemos a mirar para otro lado cuando los propios actúan de forma reprobable (los medios) siempre y cuando mantengan alejados a los otros del poder (el fin).
Lástima que esta perspectiva sólo la compartan dos sectores de la población, los que se encuentran a la izquierda del PSOE y a su derecha, a los que, con el alzamiento de Rosa Díez como la salvapatrias definitiva (puede definirse de izquierdas y actuar como todo lo contrario; ya quisieran otros ese privilegio) por parte de la derecha mediática, se han unido recientemente los desencantados con Mariano Rajoy de forma personal, por haber abandonado —y con relativo éxito, todo sea dicho— la política de la crispación. Estos grupos son, principalmente, los que bien han buscado refugio en otras iniciativas de izquierda, bien se han quedado en casa el domingo, perjudicando principalmente al PSOE, que ha perdido 700.000 votos.
El PP, por su parte, podría continuar haciendo la política que literalmente le diera la gana, y seguiría teniendo el mismo número de votos: el incremento de 300.000 papeletas se explica con el aumento de población (un 6,8% según el INE desde 2004 hasta 2009, quizá ligeramente menor para los mayores de 18 años, por aquello de que la tasa de natalidad ha aumentado, aunque de forma poco significativa), y ni siquiera así: obtuvo un 3,5% más de apoyos respecto a su propio resultado en 2004. Si tenemos en cuenta todas las candidaturas, el PP aumentó su parte de la tarta en un 1% (del 41,21% al 42,23%), la quinta parte de lo que le regaló el PSOE a los pequeños.
Creo que estos datos avalan mi análisis anterior de que hubo parte de la izquierda del PSOE que prefirió votar a opciones minoritarias, y otra parte, esta de su derecha, que optó, a mi modo de entenderlo, por UPyD (sobre todo en Madrid, donde esta candidatura superó a la de IU). Y, lo que me resulta más triste, también cuadran dentro de mi teoría de que el PP obtendrá el mismo número de votos (con la correspondiente corrección respecto al aumento de la población) haga lo que haga, ya sea vender teorías conspiratorias o dar la matraca con aviones militares, y que los dos bloques con autonomía de opinión que rodean al PSOE se verán fuertemente arrastrados a votar a esta formación para dejar a los primeros fuera.
Triste.
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