La objeción de conciencia
Menudo revuelo se ha montado porque en el borrador de la Ley de Muerte Digna no se regula la objeción de conciencia. Carlos Dávila, como cita Juan Carlos Escudier, se preguntaba si “¿La Junta de Andalucía va a obligar a un médico a desenchufar a un paciente si a él no le da la gana?”. Javier Arenas ha dicho que sólo apoyará la norma si “no violenta a nadie ni atenta contra las creencias de los pacientes, familiares o la seguridad de los médicos”. Cómo va a atentar contra las creencias del paciente, si sería el que decide, o contra la seguridad de los médicos, si estarían amparados por la ley, son dos cuestiones que ni me planteo. Y opino que las creencias de los familiares sólo deberían tener prioridad cuando se trate de cuestiones que les atañan a ellos mismos, pero si hablamos de lo que se vaya a hacer con otra persona, es la decisión de esta última la que debe contar.
Nunca me he fiado de la siempre sacrosanta objeción de conciencia, porque es un término demasiado amplio que ha sido abusado sistemáticamente para que muchos se escaqueen de sus obligaciones. Cuando el servicio militar era obligatorio en España, entiendo que muchas personas se negasen a realizarlo alegando este motivo, porque comparto el punto de vista de que, para ser ciudadano, no se requiere estar versado en el uso de las armas u otras prácticas militares, por mucho que de intentar defender el país en caso de una eventual guerra se trate. El que quiera, llegado el momento, empuñar su fusil, que lo haga, pero que no nos obliguen a los demás a militarizarnos si tenemos motivos más que convincentes para no hacerlo.
Sin embargo, nos encontramos en otro punto con las objeciones de conciencia de farmacéuticos y médicos, estos últimos constituyentes de uno de los grupos más beatos de los que componen nuestra sociedad. Si usted regenta una farmacia, es porque el estado le ha concedido ese privilegio; en el caso de que quiera oponerse a la venta de preservativos, píldoras del día después, o aspirinas, hágalo, pero si su oposición pasa por no dispensar esos productos, primero devuelva la concesión para que pueda ser aprovechada por alguien capaz de seguir la ley. Por no hablar de los médicos que pueden negarse a realizar un aborto por la mañana, pero que estarán encantados de llevarlo a cabo en su propia clínica por la tarde.
La diferencia fundamental entre los dos casos de los párrafos anteriores es que a nadie se le obliga a ser farmacéutico o médico. Cuando uno elige la profesión que va a desempeñar, lo hace de forma consciente, teniendo en cuenta tanto los derechos como las obligaciones que conlleva. Si no le apetece enfrentarse a estas últimas, siempre tiene la opción de dedicarse a otra cosa; repito: nadie le está obligando. Pero, si acepta jugar, siga las reglas de todos.
No tendría mucho sentido un cirujano que se opusiera a realizar operaciones, sólo porque cree que cortar la carne humana está mal, ¿verdad? Un podólogo que alegase podofobia resultaría ridículo. O un farmacéutico que no vende antibióticos porque su religión se lo impide. O un testigo de Jehová trabajando en un banco de sangre. Creo que se entiende lo que quiero decir.
¿Qué problema hay en que cualquiera haga con su cuerpo lo que más le apetezca? Nunca entenderé a aquellos que pretenden que los demás vivamos nuestra vida, en lo que a nadie más le incumbe, según su moral. Si creen que dejarse morir está mal, que no lo hagan; si les parece que el sexo con varias personas no es bueno, que se abstengan; si entienden que la masturbación es pecado, que se aten las manos. Pero que no nos obliguen a los demás a atarnos igualmente.
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