No ha sido la primera vez este fin de semana que me hayan dicho que ojalá tuviera la capacidad de creer, de sentir la presencia de un dios, ni será la última. A menudo, suele ir acompañado este deseo de la constatación de una limitación personal mía a la hora de saber escuchar las señales que de él emanan.
Yo lo interpreto de manera diferente. Por supuesto que tengo la capacidad de creer, pero sólo cuando se trata de creencias fundamentadas. Siempre me ha parecido que las personas dogmáticas partían de la solución universal (“existe un dios”) y la iban aplicando individualmente a cada problema, sea el que fuere. Esto, aparte de suponer un inconveniente relativamente grave, dado que tener una explicación para todo (que no explica nada) atrofia la capacidad de pensamiento crítico de cada uno, significa que, pase lo que pase, siempre se van a interpretar los hechos desde una idea primera universal e inamovible: un prejuicio.
Personalmente, estoy bastante seguro de que carezco de ese prejuicio. Lo he dicho mil veces y lo mantengo: sólo necesito una prueba, algo atribuible a un dios, y a lo que no se puedan asociar fácilmente otras causas (suelo poner de ejemplo a los unicornios). Con hechos, es muy sencillo convencerme; basta con una piedra que caiga hacia arriba para trastocar mi confianza en la Gravitación Universal.
Pregúntenle lo mismo a una persona creyente. Responderá que no, que no hay ninguna forma de que deje de creer en lo suyo, ocurra lo que ocurra. ¿No es esa la auténtica limitación personal?
PS: No, el amor no me vale (“¿crees en el amor?” tiene tanto sentido como “¿crees en la justicia?” o “¿crees en la amistad?”; los conceptos abstractos identifican sensaciones, estados, y, para más inri, suelen variar demasiado de una persona a otra), como tampoco me valen la sonrisa de un niño (sería el Unicornio quien la provocaba) o la propia existencia del mundo (un comité de unicornios) y su perfección (esto que se lo comenten a todos éstos y a estos otros…).
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