Santander (I)
Se había enfadado mucho, pero a mí me daba igual, o incluso lo agradecía: formaba parte del plan. Como aquella vez que me pasé un día entero dándole largas, haciéndole creer que me había tirado la tarde en un sofá, cuando había estado colocando velas y notas cariñosas en una cabaña perdida entre dos ríos que se encontraban. Ni siquiera había venido a despedirme al aeropuerto, consiguiendo con ello el doble efecto de dejar clara su discrepancia con mi decisión y de poder prescindir de la necesidad de creerse que estaba dispuesto a irme.
Miré otra vez, movido por la costumbre, la hora en el teléfono móvil, a pesar de que en ese momento sí que llevaba reloj; un Guess de esfera negra y cuadrada que mi madre me había regalado hacía un par de años, y que mi padre tenía a bien tomar prestado cuando se cansaba de llevar el suyo. Pero hoy era sólo mío, lo más parecido a un compañero de viaje, con su constante tic tac que parecía resonar en el edificio de la terminal cuando el murmullo de fondo se aplacaba entre las llegadas y salidas de vuelos. Apenas faltaba un cuarto de hora para la hora programada del mío, así que decidí que lo mejor para pasar el rato era contar hasta 900, esa absurda manía que rescato cuando tengo que esperar solo, especialmente en los ascensores.
No había recorrido los cien primeros números cuando vi el avión pasar por delante de la cristalera, terminando de aterrizar. Sé que no fue más que un espejismo, pero en aquel momento juraría que había visto mis iniciales en el código del avión, como si me estuviera diciendo “¡ánimo, que esta es la tuya, chaval!”.
Ojalá todo hubiera sido así de sencillo.
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