Londres (II)
Sonreí a la azafata que me dio, en la lengua de Shakespeare, las gracias por volar con ellos y la bienvenida a Stansted. Por suerte, al piloto le habían concedido uno de los sitios lo suficientemente cerca de la terminal como para que se pudiera conectar la escalerilla cubierta, porque la lluvia que golpeaba las ventanas de PVC no parecía nada acogedora.
Tras enseñar mi documentación a un policía que debía tener bastante buen día, pues no hacía más que sonreír a los pasajeros (e incluso me guiñó ligeramente un ojo) me dispuse a localizar la taquilla de autobuses para comprar el billete hacia Luton, situada en alguna de las salidas de ese laberinto de escaleras en que se convierten los aeropuertos según van creciendo.
Internet no me había engañado, y once libras y setenta peniques después estábamos mi maleta y yo, cada uno en su sitio, esperando a que dieran las diez menos diez y el conductor arrancase. National Express estimaba en hora y cuarto la duración del trayecto, para el que yo ya venía preparado de casa con alguna película que ver en mi teléfono, que servía para algo más que para leer la hora.
Mi vuelo desde Luton salía a las ocho y diez de la mañana. Podría parecer temprano, si no fuera porque me había negado a dejarme la hijuela en una habitación de hotel de la que apenas habría disfrutado cinco o seis horas. No conocía mi hogar provisional (me gusta llamar “hogar” a cualquier sitio donde pase la noche, y quizá sea por lo que siempre me sonó bien el Wherever I lay my hat, that’s my home cantado por Paul Young), el aeropuerto comercial más pequeño de los cuatro que rodean Londres, pero de entrada no me entusiasmaba demasiado la idea de pernoctar tumbado en un banco, sin poder llegar a dormir del todo por mi miedo crónico a bajar la guardia y que me roben la maleta.
Fue una noche verdaderamente larga, pero a lo largo de toda ella me consolé recordándome a mí mismo que ya tendría tiempo para descansar cuando llegase a mi destino.
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