Turbenthal (IV)
La entrevista no había ido mal en absoluto; es lo que suele suceder cuando uno no se puede poner nervioso. Yo no tenía qué perder, y tampoco interés en ganar nada, así que lo poco que llevé de allí fue la oportunidad de practicar un poco más mi inglés, que ya había empezado a desengrasar al poco de aterrizar en Stansted.
Para variar, y como no tenía otra cosa que hacer, había decidido ser puntual, y me habían correspondido haciéndome esperar tan sólo diez minutos. Una vez dentro de la sala, me encontré sentado frente a tres tipos, dos hombres y una mujer, que procedieron a saludarme y presentarse. Todos tenían acento al hablar en inglés, siendo el de ella más afrancesado, aunque no habría podido precisar si eran suizos o de los alrededores. Distinguí desde lejos en uno de los papeles de la mesa esa foto tan desaconsejable mía que iba adjunta a todos mis currículums, y no pude menos que sonreír por dentro. La verdad es que me causaba cierto orgullo que me hubieran dado la oportunidad de estar allí, aunque no fuera a aprovecharla.
La entrevista fue bastante cordial: me contaron lo que se hace allí, qué necesitan, me preguntaron por mi vida, por mis inquietudes, mis habilidades, el motivo de ir tan lejos a buscar empleo… Supongo que, ya que tenían una hoja impresa que yo había escrito en la que valoraba qué tal me desenvuelvo en cada área técnica, les resultaba redundante volver a preguntarme lo mismo. No sabría decir si estuvimos charlando cinco o veinticinco minutos de lo rápido que se me pasó, pero enseguida estaba estrechándoles la mano otra vez y saliendo por donde había entrado.
“Puntualidad británica, la de estos suizos”, pensé, cuando noté que el tren comenzaba a frenar, sacándome de mi ensimismamiento: el reloj de la estación presumía de que habíamos llegado a Turbenthal un minuto antes de lo previsto. Dije “vamos” a mi silenciosa compañera de viaje y la levanté por un asa. Nada más bajar, saqué un papel cuidadosamente arrugado y una foto de uno de sus bolsillos. Podía coger dos autobuses y llegar en un par de minutos, o hacer el trayecto a pie e intentar, si no empaparme con él, al menos que me salpicase el ambiente de la campiña helvética. Opté por lo segundo.
Una vez allí, comprobé que la foto no mentía.
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