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Archivo para Jueves, 26 de noviembre de 2009

Turbenthal (IV)

Jueves, 26 de noviembre de 2009 Sin comentarios

La entrevista no había ido mal en absoluto; es lo que suele suceder cuando uno no se puede poner nervioso. Yo no tenía qué perder, y tampoco interés en ganar nada, así que lo poco que llevé de allí fue la oportunidad de practicar un poco más mi inglés, que ya había empezado a desengrasar al poco de aterrizar en Stansted.

Para variar, y como no tenía otra cosa que hacer, había decidido ser puntual, y me habían correspondido haciéndome esperar tan sólo diez minutos. Una vez dentro de la sala, me encontré sentado frente a tres tipos, dos hombres y una mujer, que procedieron a saludarme y presentarse. Todos tenían acento al hablar en inglés, siendo el de ella más afrancesado, aunque no habría podido precisar si eran suizos o de los alrededores. Distinguí desde lejos en uno de los papeles de la mesa esa foto tan desaconsejable mía que iba adjunta a todos mis currículums, y no pude menos que sonreír por dentro. La verdad es que me causaba cierto orgullo que me hubieran dado la oportunidad de estar allí, aunque no fuera a aprovecharla.

La entrevista fue bastante cordial: me contaron lo que se hace allí, qué necesitan, me preguntaron por mi vida, por mis inquietudes, mis habilidades, el motivo de ir tan lejos a buscar empleo… Supongo que, ya que tenían una hoja impresa que yo había escrito en la que valoraba qué tal me desenvuelvo en cada área técnica, les resultaba redundante volver a preguntarme lo mismo. No sabría decir si estuvimos charlando cinco o veinticinco minutos de lo rápido que se me pasó, pero enseguida estaba estrechándoles la mano otra vez y saliendo por donde había entrado.

“Puntualidad británica, la de estos suizos”, pensé, cuando noté que el tren comenzaba a frenar, sacándome de mi ensimismamiento: el reloj de la estación presumía de que habíamos llegado a Turbenthal un minuto antes de lo previsto. Dije “vamos” a mi silenciosa compañera de viaje y la levanté por un asa. Nada más bajar, saqué un papel cuidadosamente arrugado y una foto de uno de sus bolsillos. Podía coger dos autobuses y llegar en un par de minutos, o hacer el trayecto a pie e intentar, si no empaparme con él, al menos que me salpicase el ambiente de la campiña helvética. Opté por lo segundo.

Una vez allí, comprobé que la foto no mentía.

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Zurich (III)

Jueves, 26 de noviembre de 2009 Sin comentarios

Me quedé unos segundos inmóvil, incrédulo, con la maleta todavía en la mano, como si de un espejismo se tratara. Tenía la impresión de que llevaba varias semanas caminando por Europa, cuando apenas se habían cumplido veinticuatro horas desde que embarcase en Santander, y quise regodearme un poco más en mi cansancio y malestar antes de dejarme caer, como un beduino en un oasis, entre las sábanas más blancas que había visto en mi vida.

El hotel, lo más barato que pude encontrar en la sexta ciudad más cara de Europa, era toda una oda a la heterogeneidad. Lo mismo se encontraba uno con una Estatua de la Libertad en miniatura, que bajaba por unas escaleras estilo rococó para llegar a un comedor en el que la mitad de las mesas parecían sacadas de la más estereotípica pizzería norteamericana (manteles de cuadros rojos y blancos incluídos) y la otra mitad, del salón de La Bella y La Bestia. A ella le habría encantado.

Desde la cama, claro, no tenía ocasión de apreciar todos los finos detalles de la decoración, pero según repasaba mentalmente mi horario para el día siguiente —hasta el que no tenía pensado levantarme— y me iba quedando dormido, mi afán exploratorio cedía terreno, poco a poco, frente al sueño.

Hasta que finalmente izó la bandera blanca.

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