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Zurich (III)

Jueves, 26 de noviembre de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Me quedé unos segundos inmóvil, incrédulo, con la maleta todavía en la mano, como si de un espejismo se tratara. Tenía la impresión de que llevaba varias semanas caminando por Europa, cuando apenas se habían cumplido veinticuatro horas desde que embarcase en Santander, y quise regodearme un poco más en mi cansancio y malestar antes de dejarme caer, como un beduino en un oasis, entre las sábanas más blancas que había visto en mi vida.

El hotel, lo más barato que pude encontrar en la sexta ciudad más cara de Europa, era toda una oda a la heterogeneidad. Lo mismo se encontraba uno con una Estatua de la Libertad en miniatura, que bajaba por unas escaleras estilo rococó para llegar a un comedor en el que la mitad de las mesas parecían sacadas de la más estereotípica pizzería norteamericana (manteles de cuadros rojos y blancos incluídos) y la otra mitad, del salón de La Bella y La Bestia. A ella le habría encantado.

Desde la cama, claro, no tenía ocasión de apreciar todos los finos detalles de la decoración, pero según repasaba mentalmente mi horario para el día siguiente —hasta el que no tenía pensado levantarme— y me iba quedando dormido, mi afán exploratorio cedía terreno, poco a poco, frente al sueño.

Hasta que finalmente izó la bandera blanca.

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