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Archivo para la categoría ‘cambio de aires’

Kehlhofweg, 3 (y V)

Viernes, 27 de Noviembre de 2009 alx5000 2 comentarios

Me estaba resultando difícil no ceder a la tentación y encender el teléfono. Nunca me había gustado tenerlo apagado. Pero la gracia radicaba ahí, en no tener ninguna confirmación de que todo había salido bien hasta el momento final.

¿Habría cumplido el mensajero? ¿Me habría equivocado yo al dar algún dato? ¿Pensaría ella que no era más que una broma, o, peor aún, se lo tomaría en serio y preferiría no hacerme caso? Todo eran preguntas, nervios, impaciencia… “Tranquilo, sosiégate”, decía la parte más racional de mi cerebro, mientras que a la otra mitad le bastaba con un “¡ja!” para que volviera a cuestionarme todos mis pasos hasta la fecha.

Maldije de nuevo al inocente reloj de pared que se encontraba al otro lado de la habitación por no ser capaz de avanzar más que un minuto cada sesenta segundos. De haber sido fumador, mis pulmones no habrían sobrevivido a aquella tarde.

Oí tres golpes en la puerta. ¿O era el tictac del reloj? No, el reloj lo hacía más despacio, precisamente ése era el problema que tenía con él. Tenía que ser la puerta. ¿Por qué no me levantaba y abría de una vez en lugar de seguir divagando?

Murphy se había cogido el día libre: el mensajero había cumplido, yo también al hacer mis gestiones, y ella había pensado que era una broma pero le había hecho gracia. Venía vestida algo menos abrigada de lo que yo habría podido esperar de ella siendo todavía primavera en Suiza.

— Es la tercera casa a la que llamo, se van a pensar que soy la nueva loca del pueblo.
— ¿Qué tal el viaje?
— Eres un imbécil, un idiota, y no te he echado nada de menos.
— Hombre, llevo cuatro días fuera; si me echaras de menos sería patológico. ¿Quieres un chocolate?
— Quiero un beso, cabrón.

Dentro del sobre que había dejado a su nombre había un billete de avión, un mapa con las líneas de tren y autobús que podía coger, una copia de la foto que yo había guardado en mi maleta y una carta explicando el verdadero propósito de mi viaje. Debía ser entregado justamente tres días después de que yo saliera de Santander, a ser posible más allá de las siete de la tarde para que ella no tuviera posibilidad de reacción.

La entrevista no era más que una coartada, un señuelo; yo ya tenía apalabrado lo que iba a hacer en Suiza, y no tenía nada que ver con la bulliciosa Zurich. En Turbenthal, un pequeño pueblo del distrito de Winterthur, una mujer algo mayor buscaba alguien que quisiera trabajar con ella y, en unos años, hacerse cargo de su negocio: una pequeña chocolatería que fabricaba bombones para repartirlos entre las escasas pastelerías del pueblo. Disponía, además, de una acogedora cabaña que su ayudante podía utilizar a modo de vivienda.

Era una locura, una estupidez y en invierno hacía mucho frío. Pero la mujer, a la vista de mi insistencia durante semanas, no pudo menos que darme la oportunidad de que la conociera y de dejarme que lo intentara. Y yo, claro, no lo iba a intentar solo.

Sobre la mesa, mi taza de chocolate vacía y la suya casi sin tocar, sus manos heladas y mi sonrisa de haberme salido con la mía. Y una pregunta, de la que dependían muchas otras.

— ¿Y bien?

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Turbenthal (IV)

Jueves, 26 de Noviembre de 2009 alx5000 Sin comentarios

La entrevista no había ido mal en absoluto; es lo que suele suceder cuando uno no se puede poner nervioso. Yo no tenía qué perder, y tampoco interés en ganar nada, así que lo poco que llevé de allí fue la oportunidad de practicar un poco más mi inglés, que ya había empezado a desengrasar al poco de aterrizar en Stansted.

Para variar, y como no tenía otra cosa que hacer, había decidido ser puntual, y me habían correspondido haciéndome esperar tan sólo diez minutos. Una vez dentro de la sala, me encontré sentado frente a tres tipos, dos hombres y una mujer, que procedieron a saludarme y presentarse. Todos tenían acento al hablar en inglés, siendo el de ella más afrancesado, aunque no habría podido precisar si eran suizos o de los alrededores. Distinguí desde lejos en uno de los papeles de la mesa esa foto tan desaconsejable mía que iba adjunta a todos mis currículums, y no pude menos que sonreír por dentro. La verdad es que me causaba cierto orgullo que me hubieran dado la oportunidad de estar allí, aunque no fuera a aprovecharla.

La entrevista fue bastante cordial: me contaron lo que se hace allí, qué necesitan, me preguntaron por mi vida, por mis inquietudes, mis habilidades, el motivo de ir tan lejos a buscar empleo… Supongo que, ya que tenían una hoja impresa que yo había escrito en la que valoraba qué tal me desenvuelvo en cada área técnica, les resultaba redundante volver a preguntarme lo mismo. No sabría decir si estuvimos charlando cinco o veinticinco minutos de lo rápido que se me pasó, pero enseguida estaba estrechándoles la mano otra vez y saliendo por donde había entrado.

“Puntualidad británica, la de estos suizos”, pensé, cuando noté que el tren comenzaba a frenar, sacándome de mi ensimismamiento: el reloj de la estación presumía de que habíamos llegado a Turbenthal un minuto antes de lo previsto. Dije “vamos” a mi silenciosa compañera de viaje y la levanté por un asa. Nada más bajar, saqué un papel cuidadosamente arrugado y una foto de uno de sus bolsillos. Podía coger dos autobuses y llegar en un par de minutos, o hacer el trayecto a pie e intentar, si no empaparme con él, al menos que me salpicase el ambiente de la campiña helvética. Opté por lo segundo.

Una vez allí, comprobé que la foto no mentía.

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Zurich (III)

Jueves, 26 de Noviembre de 2009 alx5000 Sin comentarios

Me quedé unos segundos inmóvil, incrédulo, con la maleta todavía en la mano, como si de un espejismo se tratara. Tenía la impresión de que llevaba varias semanas caminando por Europa, cuando apenas se habían cumplido veinticuatro horas desde que embarcase en Santander, y quise regodearme un poco más en mi cansancio y malestar antes de dejarme caer, como un beduino en un oasis, entre las sábanas más blancas que había visto en mi vida.

El hotel, lo más barato que pude encontrar en la sexta ciudad más cara de Europa, era toda una oda a la heterogeneidad. Lo mismo se encontraba uno con una Estatua de la Libertad en miniatura, que bajaba por unas escaleras estilo rococó para llegar a un comedor en el que la mitad de las mesas parecían sacadas de la más estereotípica pizzería norteamericana (manteles de cuadros rojos y blancos incluídos) y la otra mitad, del salón de La Bella y La Bestia. A ella le habría encantado.

Desde la cama, claro, no tenía ocasión de apreciar todos los finos detalles de la decoración, pero según repasaba mentalmente mi horario para el día siguiente —hasta el que no tenía pensado levantarme— y me iba quedando dormido, mi afán exploratorio cedía terreno, poco a poco, frente al sueño.

Hasta que finalmente izó la bandera blanca.

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Londres (II)

Martes, 24 de Noviembre de 2009 alx5000 2 comentarios

Sonreí a la azafata que me dio, en la lengua de Shakespeare, las gracias por volar con ellos y la bienvenida a Stansted. Por suerte, al piloto le habían concedido uno de los sitios lo suficientemente cerca de la terminal como para que se pudiera conectar la escalerilla cubierta, porque la lluvia que golpeaba las ventanas de PVC no parecía nada acogedora.

Tras enseñar mi documentación a un policía que debía tener bastante buen día, pues no hacía más que sonreír a los pasajeros (e incluso me guiñó ligeramente un ojo) me dispuse a localizar la taquilla de autobuses para comprar el billete hacia Luton, situada en alguna de las salidas de ese laberinto de escaleras en que se convierten los aeropuertos según van creciendo.

Internet no me había engañado, y once libras y setenta peniques después estábamos mi maleta y yo, cada uno en su sitio, esperando a que dieran las diez menos diez y el conductor arrancase. National Express estimaba en hora y cuarto la duración del trayecto, para el que yo ya venía preparado de casa con alguna película que ver en mi teléfono, que servía para algo más que para leer la hora.

Mi vuelo desde Luton salía a las ocho y diez de la mañana. Podría parecer temprano, si no fuera porque me había negado a dejarme la hijuela en una habitación de hotel de la que apenas habría disfrutado cinco o seis horas. No conocía mi hogar provisional (me gusta llamar “hogar” a cualquier sitio donde pase la noche, y quizá sea por lo que siempre me sonó bien el Wherever I lay my hat, that’s my home cantado por Paul Young), el aeropuerto comercial más pequeño de los cuatro que rodean Londres, pero de entrada no me entusiasmaba demasiado la idea de pernoctar tumbado en un banco, sin poder llegar a dormir del todo por mi miedo crónico a bajar la guardia y que me roben la maleta.

Fue una noche verdaderamente larga, pero a lo largo de toda ella me consolé recordándome a mí mismo que ya tendría tiempo para descansar cuando llegase a mi destino.

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Santander (I)

Lunes, 23 de Noviembre de 2009 alx5000 Sin comentarios

Se había enfadado mucho, pero a mí me daba igual, o incluso lo agradecía: formaba parte del plan. Como aquella vez que me pasé un día entero dándole largas, haciéndole creer que me había tirado la tarde en un sofá, cuando había estado colocando velas y notas cariñosas en una cabaña perdida entre dos ríos que se encontraban. Ni siquiera había venido a despedirme al aeropuerto, consiguiendo con ello el doble efecto de dejar clara su discrepancia con mi decisión y de poder prescindir de la necesidad de creerse que estaba dispuesto a irme.

Miré otra vez, movido por la costumbre, la hora en el teléfono móvil, a pesar de que en ese momento sí que llevaba reloj; un Guess de esfera negra y cuadrada que mi madre me había regalado hacía un par de años, y que mi padre tenía a bien tomar prestado cuando se cansaba de llevar el suyo. Pero hoy era sólo mío, lo más parecido a un compañero de viaje, con su constante tic tac que parecía resonar en el edificio de la terminal cuando el murmullo de fondo se aplacaba entre las llegadas y salidas de vuelos. Apenas faltaba un cuarto de hora para la hora programada del mío, así que decidí que lo mejor para pasar el rato era contar hasta 900, esa absurda manía que rescato cuando tengo que esperar solo, especialmente en los ascensores.

No había recorrido los cien primeros números cuando vi el avión pasar por delante de la cristalera, terminando de aterrizar. Sé que no fue más que un espejismo, pero en aquel momento juraría que había visto mis iniciales en el código del avión, como si me estuviera diciendo “¡ánimo, que esta es la tuya, chaval!”.

Ojalá todo hubiera sido así de sencillo.

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