Kehlhofweg, 3 (y V)
Me estaba resultando difícil no ceder a la tentación y encender el teléfono. Nunca me había gustado tenerlo apagado. Pero la gracia radicaba ahí, en no tener ninguna confirmación de que todo había salido bien hasta el momento final.
¿Habría cumplido el mensajero? ¿Me habría equivocado yo al dar algún dato? ¿Pensaría ella que no era más que una broma, o, peor aún, se lo tomaría en serio y preferiría no hacerme caso? Todo eran preguntas, nervios, impaciencia… “Tranquilo, sosiégate”, decía la parte más racional de mi cerebro, mientras que a la otra mitad le bastaba con un “¡ja!” para que volviera a cuestionarme todos mis pasos hasta la fecha.
Maldije de nuevo al inocente reloj de pared que se encontraba al otro lado de la habitación por no ser capaz de avanzar más que un minuto cada sesenta segundos. De haber sido fumador, mis pulmones no habrían sobrevivido a aquella tarde.
Oí tres golpes en la puerta. ¿O era el tictac del reloj? No, el reloj lo hacía más despacio, precisamente ése era el problema que tenía con él. Tenía que ser la puerta. ¿Por qué no me levantaba y abría de una vez en lugar de seguir divagando?
Murphy se había cogido el día libre: el mensajero había cumplido, yo también al hacer mis gestiones, y ella había pensado que era una broma pero le había hecho gracia. Venía vestida algo menos abrigada de lo que yo habría podido esperar de ella siendo todavía primavera en Suiza.
— Es la tercera casa a la que llamo, se van a pensar que soy la nueva loca del pueblo.
— ¿Qué tal el viaje?
— Eres un imbécil, un idiota, y no te he echado nada de menos.
— Hombre, llevo cuatro días fuera; si me echaras de menos sería patológico. ¿Quieres un chocolate?
— Quiero un beso, cabrón.
Dentro del sobre que había dejado a su nombre había un billete de avión, un mapa con las líneas de tren y autobús que podía coger, una copia de la foto que yo había guardado en mi maleta y una carta explicando el verdadero propósito de mi viaje. Debía ser entregado justamente tres días después de que yo saliera de Santander, a ser posible más allá de las siete de la tarde para que ella no tuviera posibilidad de reacción.
La entrevista no era más que una coartada, un señuelo; yo ya tenía apalabrado lo que iba a hacer en Suiza, y no tenía nada que ver con la bulliciosa Zurich. En Turbenthal, un pequeño pueblo del distrito de Winterthur, una mujer algo mayor buscaba alguien que quisiera trabajar con ella y, en unos años, hacerse cargo de su negocio: una pequeña chocolatería que fabricaba bombones para repartirlos entre las escasas pastelerías del pueblo. Disponía, además, de una acogedora cabaña que su ayudante podía utilizar a modo de vivienda.
Era una locura, una estupidez y en invierno hacía mucho frío. Pero la mujer, a la vista de mi insistencia durante semanas, no pudo menos que darme la oportunidad de que la conociera y de dejarme que lo intentara. Y yo, claro, no lo iba a intentar solo.
Sobre la mesa, mi taza de chocolate vacía y la suya casi sin tocar, sus manos heladas y mi sonrisa de haberme salido con la mía. Y una pregunta, de la que dependían muchas otras.
— ¿Y bien?
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