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El bumerán de la tolerancia

Miércoles, 18 de noviembre de 2009 Sin comentarios

Perdí la cuenta hace ya demasiado de las veces que me han calificado de intolerante por llamar por su nombre a las creencias ridículas de otros. Generalmente, nunca he prestado demasiada atención a ese adjetivo, pues hay poca gente que no lo utilice en su moderna forma feel-good políticamente correcta, convirtiendo en intolerante al tipo que no respeta las verdades de los demás.

Desde mi punto de vista, se debe tolerar a la persona, pero la idea siempre tiene que ser cuestionada. Aunque se trate de alguien pueda tener motivos ocultos, o incluso de un ser humano abominable, debemos ser capaces de disociar el qué del quién y evaluar la idea por sus propios méritos. De la misma forma, soy un firme defensor de que no hay idea suficientemente arraigada en una persona como para que no se pueda deshacer de ella, dados los argumentos adecuados; por eso la ciencia siempre estará un par de peldaños por encima de la fe -cualquiera- en mi escalera. Si parto de la base de que hay ideas para las que no cabe cuestionamiento, ya sea en la acción (respeto lo que dices y me callo) o en el efecto (da igual lo que te diga, que tu opinión es inamovible) tendré que tolerar lo que postulen, por poner algo, los racistas o los defensores del geocentrismo. Supongo que el corolario de “todo el mundo se equivoca” es “cualquiera se puede equivocar en cualquier cosa”, y eso es a lo que quiero llegar: para todos es necesario el derecho a darnos cuenta de que no tenemos razón, por muy convencidos que hayamos estado de que sí. Porque, además, por muy sólido que sea un razonamiento, si parte de una premisa equivocada, rara vez nos llevará a una conclusión con sentido.

Y dicho esto, voy al verdadero motivo por el que quería escribir hoy. Resulta que, tras la sentencia del Tribunal de Estrasburgo que concluye que los crucifijos en las aulas son contrarios a los derechos de los padres a educar a sus hijos, y de estos últimos a estar libres de adoctrinamientos, y que ha provocado que los católicos se pongan como monas porque (¡cómo no!) viola su libertad religiosa (me recuerda al gag de Padre de Familia en que Lois convence a los indecisos para que la conviertan en alcaldesa a base de contestar “9/11″ a todo) y porque la cruz representa los valores de la igualdad, libertad y tolerancia (?) y otras muchas cosas muy graciosas que decían entre espumarajo y espumarajo, algunos pueblos italianos han redactado ordenanzas municipales obligando a las escuelas a que mantengan el susodicho símbolo. “Libertad y tolerancia”, tóquense las bolas. Los mismos que dicen que respetemos sus ideas del señor en el cielo que es su propio hijo (excepto cuando insemina vírgenes, que toma forma de paloma, o de arcángel; no presté mucha atención al trailer), son incapaces de aplicar a los demás lo que piden para ellos, ni siquiera cuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha declarado que están actuando al margen de las leyes.