
Apenas había empezado a darse cuenta de que estaba ya consciente. Se giró sobresí mismo en la cama, todavía sin abrir los ojos, y posó la cabeza sobre el edredón, que había arrugado previamente a modo de almohada. Provocó con ello una brisa de aire, ligera, prácticamente inapreciable, pero cargada de aquel aroma en el que apenas unas horas antes se había sumergido una vez tras otra, presa de unainexplicable y, en cierto modo, reconfortante adicción.
Ella no estaba en la cama. Se había levantado un rato antes, susurrándole primero al oído que siguiera durmiendo, que el día anterior había sido largo, y recordar esto produjo en él una leve sensación de remordimiento, obligándole a abrir los ojos. La puerta se encontraba medio abierta, dejando entrar una tenue luz que venía rebotando por las paredes del pasillo hasta morir en el armario de la habitación, y un sonido grave, constante, que él identificó acertadamente como el de una guitarra, distorsionado por la distancia y los obstáculos que lo separaban de los altavoces.
Realizando un esfuerzo más psicológico que físico, se aproximó al borde izquierdo de la cama y palpó el suelo en busca de la ropa del día anterior. Una vez localizada, dirigió la mirada hacia su teléfono móvil, que yacía en una de las baldas de escayola pegadas a la pared de detrás de la cama, para averiguar la hora. Le pareció que era tarde, aunque habría tenido esa misma sensación independientemente de lo que hubieran marcado los dígitos de la pantalla.
Con una agilidad poco habitual para el corto periodo de tiempo que llevaba despierto, se embutió en los pantalones y se colocó la camisa. También su ropa olía a ella, lo que le invitó a hacer esto último de forma mucho más pausada de lo inicialmente calculado.
Salió lentamente al pasillo, acostumbrando progresivamente sus ojos a la luz, que cada vez aparecía más nítida, al igual que la música. Definitivamente era una guitarra, enzarzada en una discusión con una armónica. Creyó reconocer la melodía, pero no fue capaz de ponerle letra.
Descendió uno a uno los peldaños de madera. Cada peldaño revelaba una nota nueva, una palabra, una inicial… Sí, era Bob Dylan, cantando Don’t think twice, it’s alright, pero no reconocía la versión, al estar demasiado acostumbrado a deleitarse con la de estudio. Dejó a su izquierda la cocina y atravesó timorato las puertas entreabiertas del salón, casi echando de menos pedir permiso, pero sin perder la sonrisa provocada por el hecho de que ella hubiera acertado involuntariamente al elegir al cantautor, y sin dejar de cantar, todo lo suave y templado que pudo, el último estribillo.
Sonrió ella también al oír su voz acercarse, y sólo cuando se encontraban a dos metros escasos se percató él de que estaba leyendo en el sofá, en ropa interior, como si la hubieran posado con un libro entre las manos desde el mismísimo cielo. Siguió caminando, se apoyó en el respaldo y se inclinó hace adelante para besarla y, justo en el momento en que unos labios chocaron contra los otros, el remordimiento, la luz, la música y las ojeras ya esfumados, comprendió cuál era el sentimiento que se acababa de apoderar de su mente y de su cuerpo.
Era paz.
Última hora