Jueves, 30 de julio de 2009
alx5000
Muy interesante el artículo de Francisco Balaguer Callejón que aparece hoy en la versión digital, al menos, de Público. Extraigo un pedacito:
El alcance de esta confusión es fácil de entender: imaginemos que la mayoría de los vocales fuera, por azar, de una confesión religiosa contraria a las transfusiones de sangre y que el Consejo tuviera que informar, porque alguna ley así lo hubiera dispuesto, acerca de una reforma que afectara a las actuaciones sanitarias, ¿podrían los vocales de la mayoría negarse a emitir un informe que avalara la conformidad con el ordenamiento jurídico de las transfusiones de sangre?
Como cualquiera, a menudo me encuentro con personas que defienden sus ideas religiosas como legítimas, y a la vez pretenden alardear de sentido común y pensamiento racional, conceptos que, de tocarse, lo harían como dos extremos de la misma vara.
A la hora de enfrentarme con gente que no teme discutir calmadamente sobre el binomio religión-lógica, hay tres comportamientos que me intranquilizan sobremanera, a saber:
- La capacidad para parchear los razonamientos al vuelo, o admitir premisas de contraejemplo ridículas.
- El ímpetu por creer necesariamente en hechos documentados, sin poder aportar más pruebas que testimonios.
- La falta de visión al considerar como adecuada una visión completa sin darse cuenta de que, de alguna forma, ha sido impuesta previamente durante la educación.
A continuación, me gustaría comentar un poco más cada una de ellas.
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Hace 69 años clavados, un tal Paco anunciaba por la radio que el ejército legítimo de España había sido vencido (“cautivo y desarmado”), para regocijo de muchos, que veían cómo la libertad se apoderaba de su país, y decidieron ponerse manos a la obra para que, efectivamente, África siguiera comenzando en los Pirineos.
Hoy muchos siguen celebrando esta efeméride, frontera entre una Guerra fraticida y monstruosa y una dictadura totalitaria y liberticida (me encanta cuando los ultraderechistas ofendidos usan esos dos adjetivos para describir el gobierno de Zapatero) que no crean ustedes que le tuvo mucho que envidiar a la primera.
Lo que más me impresiona, dejada atrás esa época de extraordinaria placidez, es que a día de hoy una de las instituciones que más se aprovechó de la situación, la Iglesia Católica, y, sobre todo, sus acólitos, sigan viendo a España como su país, y pretendan atacar la normalidad democrática blandiendo, de forma ora intencionadamente incorrecta, ora asombrosamente estúpida, lo que ellos llaman el derecho a la libertad religiosa.
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